Debido a las hostiles condiciones externas en que el proceso revolucionario cubano se desarrolló, ese equilibrio no fue posible. La resistencia terminó por superponerse a la alternativa.
Y de tal modo que la alternativa no se pudo expresar según su lógica propia (afirmación de lo nuevo) y, por el contrario, se sometió a la lógica de la resistencia (la negación de lo viejo). De este hecho resultó que la alternativa ha permanecido siempre como rehén de una norma que le era extraña. Esto es, nunca se transformó en una verdadera solución nueva, creadora de una nueva hegemonía y, por eso, capaz de desarrollo endógeno según una lógica interna de renovación.
En consecuencia, las rupturas con los pasados sucesivos de la Revolución fueron siempre menos endógenas que la ruptura con el pasado prerrevolucionario. El carácter endógeno de esta última ruptura pasó a justificar la ausencia de rupturas endógenas con los pasados más recientes.
Debido a este relativo desequilibrio entre resistencia y alternativa, la alternativa ha estado siempre a un paso de estancarse, y su estancamiento siempre disfrazado por la continua y noble vitalidad de la resistencia. Esta dominancia de la resistencia acabó por atribuirle un "exceso diagnóstico": la necesidad de la resistencia podía invocarse para diagnosticar la imposibilidad de la alternativa.
El carisma revolucionario y el sistema reformista. El segundo vector del "problema difícil" concierne al modo específicamente cubano como se desarrolló la tensión entre revolución y reforma. En cualquier proceso revolucionario, el primer acto después del éxito de la revolución es evitar que haya otras revoluciones.
Sin embargo, con el tiempo, la complementariedad virtuosa tiende a transformarse en bloqueo recíproco.
Para el líder carismático, el sistema, que comienza por ser una limitación que le es exterior, con el tiempo se convierte en su segunda naturaleza. Se hace así difícil distinguir entre las limitaciones creadas por el sistema y las del propio líder.
El sistema, a su vez, conociendo que el éxito del reformismo terminará por erosionar el carisma del líder, se autolimita para prevenir que tal cosa ocurra. La complementariedad se transforma en un juego de autolimitaciones recíprocas. El riesgo es que, en vez de desarrollo complementario, ocurran estancamientos paralelos.
La relación entre carisma y sistema es, pues, muy sensible a veces, y particularmente en momentos de transición. El carisma, en sí mismo, no admite transiciones. Ningún líder carismático tiene un sucesor carismático. La transición sólo puede ocurrir en la medida en que el sistema reemplaza el carisma. Pero, para que tal cosa suceda, es necesario que el sistema sea suficientemente reformista para lidiar con fuentes de caos muy diferentes de las que emergían del líder. La situación es dilemática, siempre y cuando la fuerza del líder carismático tenga objetivamente bloqueado el potencial reformista del sistema.
Este vector del "problema difícil" puede resumirse así: el futuro socialista de Cuba depende de la fuerza reformista del sistema revolucionario; no obstante, esta es una incógnita para un sistema que siempre hizo depender su fuerza del líder carismático.
Las dos vertientes del "problema" están íntimamente relacionadas. La prevalencia de la resistencia sobre la alternativa fue simultáneamente el producto y el productor de la del carisma sobre el sistema.
EL NACIONAL/Opinión/12
A Tres Manos
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